Homo sapiens chatgipitiensis (Parte II). La inteligencia artificial puede responder, pero no aprender por nosotros
Juan Luis Martínez Zamacona
El profesor Martínez Zamacona cuenta con 18 años de experiencia docente, dedicados al acompañamiento y la formación integral de alumnos, profesores y padres de familia. Realizó sus estudios de Filosofía de la Universidad La Salle, formación que ha marcado profundamente su visión educativa y su interés por comprender los procesos humanos desde una perspectiva interdisciplinaria.
Como docente, conferencista y facilitador de procesos de desarrollo humano, ha diseñado y coordinado espacios de formación, reflexión y diálogo. Su experiencia incluye también la participación en proyectos de investigación arqueológica, destacando entre ellos la coordinación del voluntariado durante la excavación del sitio arqueológico de Magdala, Israel, gestionada por el Magdala Center durante la temporada 2010-2011. Su labor docente y de investigación se ha orientado particularmente al estudio de la dimensión antropológica del devenir histórico y al diálogo entre la filosofía, la historia y las ciencias cognitivas. Actualmente imparte las materias de Historia e Integración Curricular en el Centro Educativo Anglo Mexicano, Plantel Morelos.
Esta publicación fue revisada por el comité editorial de la Academia de Ciencias de Morelos.
¿Qué actividades delegas constantemente a una herramienta tecnológica o a la IA?
Desde algo tan simple como un cálculo mental al dar o recibir cambio en la tienda, o buscar rutas para dirigirte a algún punto, resolver alguna tarea escolar, como cuestionarios, definiciones o dibujos, si eres estudiante. Podemos, a veces sin notarlo, dejar de ejercitar habilidades cognitivas que a la larga pueden repercutir en nuestras fortalezas y competencias.
Ante las oportunidades que se nos ofrecen en bandeja de plata con las herramientas digitales actuales, prosperarán quienes mejor aprendan a conservar su humanidad y a decidir qué capacidades potenciar con ellas.
En la primera parte de este artículo (1), la biología y la antropología nos acompañaron al recorrer miles de años de historia desde los albores de la especie para reflexionar y reconocer que la tecnología nunca nos ha sido ajena, sino que ha ido a nuestro lado, moldeando nuestra historia desde los primeros pasos de nuestra especie. La pregunta es cómo aprovechar esa herencia tecnológica sin renunciar al desarrollo de las capacidades que precisamente hicieron posible crearla, pues si hoy comenzamos a comportarnos como un Homo sapiens chatgipitiensis, la cuestión ya no consiste únicamente en preguntarnos qué puede hacer la inteligencia artificial por nosotros, sino qué debemos seguir haciendo nosotros para no dejar de desarrollarnos.
Para ser agentes protagónicos con voz y voto en este proceso de cambio, es preciso usar la inteligencia no artificial, que es uno de los regalos más destacables que nos ha dado la evolución (Figura 1). No dejar de pensar por nosotros mismos, no dejar de investigar, poner en práctica el pensamiento crítico y el sentido común, usar nuestro cerebro para que cada experiencia se interprete y se traduzca en decisiones maduras, humanas y eficientes; porque ninguna inteligencia artificial puede vivir nuestras experiencias, interpretarlas y transformarlas en criterio ni en sabiduría, ni en inteligencia emocional.

Figura 1. Inteligencia natural e inteligencia artificial. Imagen conceptual con fines ilustrativos, diseñada por el autor y generada mediante la herramienta de generación de imágenes de OpenAI.
¿Es compatible el uso de IA con la búsqueda de nuevo conocimiento?
Hay un dicho en pedagogía que enuncia que todo es formativo. Esto quiere decir que, a lo largo de nuestra vida, cada decisión, cada error, cada acción, cada momento, experiencia o recuerdo, puede potencialmente dejarnos un aprendizaje. El cerebro humano, desde la época de los homínidos, desarrolló poco a poco capacidades que nos diferencian de otros animales. Nuestro neocórtex está significativamente más desarrollado y es más eficiente que el de otros mamíferos, otorgándonos la habilidad de calcular consecuencias probables, valorar distintas alternativas y tomar decisiones con base en experiencias pasadas; en palabras del neurocientífico Estanislao Bachrach (2), pareciera que nuestro cerebro quiere predecir el futuro. Evolucionó paulatinamente hasta adquirir un neocórtex considerablemente complejo, privilegiando la capacidad de anticipar posibles escenarios futuros para mantenernos a salvo, y para lograrlo usa todo lo aprendido previamente (Figura 2).
En otras palabras, aquellos individuos cuyo cerebro presenta un neocórtex estructuralmente más complejo y con él, la habilidad de estimar las consecuencias de sus decisiones, poseen una significativa ventaja adaptativa que favorece la supervivencia y continuidad de la especie.

Figura 2. Neocórtex humano. Ilustración conceptual original elaborada por el autor y generada mediante la herramienta de generación de imágenes de OpenAI, tomando como referencia diagramas anatómicos de Bear, Connors y Paradiso (Neuroscience: Exploring the Brain, 3.ª ed.).
Toda la información a la que nos vemos expuestos en el transcurso de la vida puede servirnos a la larga para tomar mejores decisiones, pero el conocimiento que adquirimos al procesar esta información o se almacena o se desecha, y esto va a depender de tres factores principalmente.
Para explicar el primero partamos de una analogía sencilla propuesta por Bachrach en su libro En Cambio (2). Si tuvieras que cruzar todos los días una pradera, la primera vez no ocurriría ningún cambio; quizá incluso en los primeros días no notarías diferencia alguna. No obstante, poco a poco comenzaría a marcarse un sendero que, aunque al principio sería poco visible, con el tiempo se iría volviendo más profundo, ancho y libre de vegetación. En nuestra mente, la repetición genera ese efecto en las conexiones dentro de nuestro cerebro, de forma que aquellas experiencias a las que nos vemos expuestos repetidamente y con mayor frecuencia devienen en hábitos y aprendizajes más sólidos.
El segundo factor es la frecuencia con la que aprendemos cosas nuevas. Esto tiene que ver con el proceso explicado en el párrafo anterior, ya que como el cerebro humano tratará siempre de descubrir un patrón que le haga más sencilla la predicción de futuros calculables, si periódicamente nos vemos expuestos a saberes desconocidos, el cerebro guardará como uno de sus aprendizajes, que siempre hay que estar aprendiendo cosas nuevas y se asegurará de que siempre haya dendritas disponibles para aprender. (Las dendritas son pequeñas ramificaciones de las neuronas que, al recibir estímulos, ayudan a formar conexiones, permitiendo que el cerebro relacione información y genere aprendizajes).
El tercer factor consiste en formar saberes interconectados. Llevémoslo al plano de la analogía académica para entenderlo fácilmente. Todo lo que un alumno estudie una noche previa a un examen fácilmente se podría diluir con el tiempo si el proceso de estudio se centró en memorizar datos, en vez de relacionarlos con información previamente conocida. En cambio, si lo que se estudió se entendió y se conectó con cosas que ya sabías previamente, el cerebro lo almacenará junto con los saberes relacionados en la misma red sináptica, que es el nombre dado a cuando las neuronas se conectan entre sí, permitiendo al cerebro relacionar información y guardarla de forma exitosa.
Un profesionista puede no tener presentes un sinfín de conceptos aprendidos en la universidad, pero le es fácil echar mano de aquellos que usa en lo cotidiano y que se encuentran conectados con aquellos procesos que domina y entiende, siendo capaz incluso de planear y diseñar soluciones nuevas gracias a que comprende implicaciones y consecuencias de lo que tiene bien aprendido.
El cerebro humano literalmente se modifica cuando aprendemos cosas nuevas, como si se recableara y estuviera modificándose todo el tiempo para privilegiar saberes y patrones de uso constante, sustituirlos, si hacerlo satisface una situación interpretada por el cerebro como una necesidad, o reconectar la información con otros conocimientos que mejor se adecuen a nuestro contexto. A este proceso se le conoce como neuroplasticidad: la capacidad de aprender, desaprender y reaprender, asumiendo nuevas funciones de acuerdo con la necesidad presente.
En resumen, todo lo que experimentas en tu entorno potencialmente puede dejar huella en tu cerebro, pero depende de si es un hecho que se repite, de si el cerebro está dispuesto previamente a aprender y de si somos capaces de conectar lo nuevo con aquello que ya sabíamos con anterioridad, para de este modo lograr aprender a construir conocimiento nuevo de manera eficiente; aprendemos a aprender.
Para los estudiantes de cualquier nivel y para padres de familia con hijos en edad escolar, es útil recordar que cada tarea que se nos deja en la escuela cumple una función formativa. El profe que exige datos y formato en sus entregas nos está enseñando estructura; el que deja ejercicios de ortografía y pide buena letra está afinando nuestra motricidad fina y memorización a través de la repetición; las operaciones algebraicas que debemos resolver de una clase a otra ejercitan el pensamiento lógico-matemático, y así cada tarea fortalece el conocimiento por repetición y un sinfín de nuevas habilidades por asociación. Cada materia cumple un propósito y cada tarea fortalece una capacidad.
Una persona que cumple a cabalidad sus tareas, deberes y labores diarias logra cumplir el objetivo de cada una, nutriéndose con información útil para mejorar la calidad de sus conclusiones y de su toma de decisiones. Sumado a ello, procesos estables y bien dirigidos ayudan al cerebro a madurar y desarrollarse de forma saludable, garantizando el mejor resultado de sus funciones; crecemos en la medida en que nos exigimos, quien se exige mucho crecerá mucho, quien se exige poco crecerá poco, y quien no se exija, se arriesga a no crecer.
¿Qué pasa con el proceso de adquisición del conocimiento con el uso de la IA?
Sigamos con el caso de los estudiantes para explicar cómo se pueden fortalecer o no nuestras habilidades al usar IA. Si un alumno resuelve por su cuenta el cuestionario que quedó de tarea en una clase, refuerza los procesos del desarrollo del aprendizaje, puede conectarlo con otras cosas que ya sabe, desafía su comprensión del tema y repasa contenidos y conceptos; su mente se conecta con el saber que desea adquirir.
Cultivar nuevas pericias, reforzar competencias y conocimientos y adquirir herramientas son los objetivos principales de las labores escolares y consecuencia natural de muchas de nuestras actividades diarias. Claro que, como un segundo paso, un alumno puede pedirle a una IA que revise sus respuestas, puede solicitar que detalle un punto que quizá requiere más profundidad para que lo entienda mejor, puede solicitarle nuevas fuentes de consulta, o que organice la información de manera visual con tablas u organizadores gráficos, puede incluso preguntarle para qué le va a servir ese tema en la vida, o si tiene alguna relación con sus hobbies o con lo que le apasiona.
Del mismo modo, cuando hacemos búsquedas en la web, cuando resolvemos problemas con ayuda de la inteligencia artificial generativa, o ponemos en manos de un algoritmo la creación de una solución, no basta con recibir una respuesta y aplicarla, el paso siguiente es el de verificar, validar y contrastar lo obtenido con nuestros propios saberes y habilidades y posteriormente con la realidad misma.
Cada labor que realizamos y cada cosa que aprendemos en nuestro trabajo o en la escuela, forjan una habilidad que el cerebro es capaz de desarrollar y distintas tareas fortalecen distintas aptitudes. Tal como al diferenciar entre leer un mapa impreso o seguir una voz sin rostro en Google Maps, antes de delegarle completamente tus tareas a una IA vale la pena recordar que esta es una herramienta, más no necesariamente una fuente.
¿Y el Homo sapiens sapiens qué puede aprender a la luz de los signos de nuestros tiempos?
Isaac Asimov estaba seguro de que, con mayor acceso a la información, el mundo tendría más oportunidades de funcionar, fluir y realizarse en alineación con una humanidad integral y completa, y que la gente podría darle rienda suelta a la curiosidad alimentando el deseo y la capacidad de indagar conectando áreas de la vida de cada quien, desde lo laboral y académico hasta lo recreativo e individual (3, 4). Ahora tenemos herramientas tan poderosas o incluso más de lo que él imaginó, y gracias a ello un alcance casi ilimitado de saberes con los cuales fortalecer nuestras tareas diarias, intereses, hobbies, procesos y toma de decisiones.
Mayim Bialik sostiene que el acceso a la información y la relación que construimos con nuestros dispositivos pueden alterar nuestras capacidades y nuestras interacciones sociales. Estando advertidos de ello y recordando lo importante que es seguir alimentando la naturaleza comunitaria de nuestra especie podemos prevenir el mal uso de la tecnología para que cumpla cada vez mejor su propósito de vincular y conectar a las personas a través de la distancia e incluso de las épocas, pudiendo usar las redes para contactar a quien está lejos, los buscadores para conseguir información directo de la fuente e incluso dialogar con la IA para, a través de ella, escuchar la voz de mentes que caminaron por el mundo hace mucho tiempo.
Yuval Noah Harari advierte que el humano seguirá transformándose como lo ha hecho desde que comenzó su caminar por la Tierra y asegura que la tecnología jugará un papel decisivo, pues hemos llegado al punto en que no sólo respondemos al entorno, sino que lo diseñamos y, al hacerlo, nos diseñamos a nosotros mismos, ya sea potenciando nuestras capacidades y roles, o cediendo terreno a la tecnología y renunciando a asumir tareas y responsabilidades en distintos niveles.
Estanislao Bachrach desde la neurociencia ha descrito muchos de los procesos mediante los cuales nuestro cerebro responde a las rutinas y patrones, asegurando que no es necesario ser reactivos y solo seguir la corriente sino que podemos formar estrategias y hábitos que hagan desarrollarse al máximo nuestras capacidades, guiándonos a un estilo de vida pleno en el que la forma en que aprendemos nos ayude a modelar nuestra persona al nivel de las capacidades que nuestra biología y específicamente que nuestro cerebro es capaz.
El Papa León XIV reflexiona sobre la IA no como un antagonista o una amenaza, sino como un eslabón más de la dimensión técnica que nos ha acompañado desde el principio, e invita a darle un uso que sea compatible con la humanización, la dignidad, la realización de los derechos humanos y la sustentabilidad. Para que el uso de estas herramientas signifique una suma en pos de la justicia y no un añadido a favor de las desigualdades.
Mucho se dice que vivimos en una época de cambios, pero quizá estamos en un cambio de época. El Homo sapiens sapiens que modeló un mundo y diseñó herramientas para facilitar su interacción se acompaña ahora de la IA, un ente que no se significa a sí mismo ni por sí solo. Sin usuario no hay ChatGPT, y si hoy nuestros procesos van a estar vinculados a las facilidades que herramientas como esta nos ofrecen, quizá seamos ahora una suerte de criatura distinta al original Homo sapiens sapiens; quizá estamos viendo surgir al Homo sapiens chatgipitiensis, y las generaciones futuras diseñen su propio menú de talentos, habilidades y alcances.
Conclusión
La tecnología es un poderoso auxiliar para los seres humanos y es buena en la medida en que nos ayude a crecer y mejorar nuestra calidad de vida. No obstante, vale la pena detenernos un momento y preguntarnos por los alcances, límites, implicaciones y repercusiones del uso de los avances que hemos diseñado como sociedad y como especie.
El uso de la tecnología se contrasta con nuestra naturaleza, pues así como la biología en macro y microescala favorece los atributos que garantizan el éxito y la supervivencia, cada organismo en su tiempo de vida responde a este patrón costeando las mejoras que fortalezcan al individuo y ahorrando en aquellas características que menos se usen. De tal que cada tarea que se vea sustituida por un avance tecnológico podría traducirse en el desuso de una función o en la disminución del estímulo o ejercicio de una fortaleza o capacidad.
Aunque la IA facilita muchas tareas y nos da acceso instantáneo a información reunida en fuentes diversas, no deja de ser importante el proceso de aprender por uno mismo para poder poner en práctica, mediante lo sabido, las soluciones adecuadas a cada circunstancia que se nos presenta; en otras palabras, el hacer uso de la inteligencia artificial sin renunciar al pensamiento crítico ni al uso de la inteligencia no artificial.
Aprender a aprender nos vuelve capaces de usar a nuestro favor cada situación que se nos presenta para desarrollar capacidades mejoradas asociadas a la tarea en cuestión, y es vital exigirnos el realizar nuestras actividades de tal manera que cada una nos ayude a desarrollar habilidades y atributos a cabalidad, incluso cuando nos apoyamos en herramientas como la IA; de ese modo, más que reemplazarnos o sustituirnos, nos hará llegar más lejos (5).
La tecnología no es lo que hoy poseemos, sino algo que hemos tenido y perfeccionado desde hace miles de años y que hoy ha alcanzado un nivel que nos hace reflexionar hacia qué lado nos inclinaremos, pues puede tanto potenciar nuestro alcance como limitarnos si dejamos demasiado en sus manos.
Existe un riesgo real de que el uso de estas herramientas nos impida desarrollar nuestras capacidades plenamente, y al mismo tiempo existe una oportunidad de facilitar trabajos economizando esfuerzo y utilizar la energía y el tiempo ganados para fortalecernos y desarrollarnos de manera integral.
Recordando que sí hay una relación directa entre las capacidades que desarrollamos como entes biológicos y la forma en que usamos el intelecto para conectar con nuestra realidad resolviendo problemas, vale la pena enfatizar que, bien encauzado, el potencial del Homo sapiens chatgipitiensis es el de un individuo que conoce a la IA que le apoya, conoce esta herramienta y explota sus capacidades de forma responsable, sin dejarse engañar por una aparente amabilidad o empatía exacerbada, no conformándose con una interfaz complaciente que le da la razón, sino programándola para responder a preguntas de nivel cada vez más elevado, diseñando sus protocolos de respuesta para ayudarle a seleccionar fuentes confiables, organizar información, encontrar el fallo en un planteamiento; para desafiar, contrastar, construir y llegar a conclusiones a las que ninguno de los dos podría haber llegado sin lo que aporta el otro (Figura 3). El Homo sapiens chatgipitiensis conoce su entorno a profundidad gracias al acceso al conocimiento con el que cuenta, al mismo tiempo que vive y prospera interpretando cada momento, utilizando su capacidad de aprender para conectar consigo mismo, con los demás y con el mundo, y viviendo el presente que mucho se soñaba antes como futuro; dando paso a la página, a un nuevo capítulo y una nueva época prometedora.

Figura 3. Pensar mejor, no pensar menos. Imagen conceptual con fines ilustrativos, diseñada por el autor y generada mediante la herramienta de generación de imágenes de OpenAI.
Agradecimientos
El presente trabajo fue posible gracias a la amable invitación de la Academia de Ciencias de Morelos para participar y colaborar en su columna semanal La Ciencia, desde Morelos para el mundo. Agradezco al Doctor Adán Oswaldo Guerrero Cárdenas, presidente de la Academia de Ciencias de Morelos, por haberme dado el espacio, avivando la chispa creativa e inquisitiva que nunca debe apagarse. Gracias por fungir como editor y revisor del presente artículo.
Gracias también al Doctor en Ciencias Cognitivas, Juan C. González González, académico e investigador con una impresionante trayectoria, que sometió el artículo a una meticulosa prueba, asegurándose de que cada idea estuviera planteada correctamente y respaldada con rigor. Al Maestro en Ciencias Alfonso Santos Tovar, gracias por la claridad científica que aportó desde la biología, permitiéndome hilar las ideas en el orden correcto y con las palabras apropiadas. Gracias a mi madre, a mi padre, a mi tía y a mi esposa, personas letradas que dieron lectura a mis ideas y fungieron como caja de resonancia. Y gracias a ti, lector, por permitirme compartir estas ideas y por haber reflexionado conmigo sobre este tema tan interesante y trascendente, espero haber encendido inquietudes nuevas para ti.
Para saber más
- Martínez Zamacona, J. L. Homo sapiens chatgipitiensis (Parte I). Toda tecnología cambia al ser humano. La Unión de Morelos, 10 de agosto de 2026. https://acmor.org/publicaciones/homo-sapiens-chatgipitiensis-parte-1-toda-tecnolog-a-cambia-al-ser-humano
- Bachrach, E. (2021). En cambio: aprende a modificar tu cerebro para cambiar tu vida y sentirte mejor. Sudamericana.
- Asimov, I. (1951). Cuánto se divertían.
https://lacordaire.edu.co/wp-content/uploads/2020/03/Cu%C3%A1nto-se-divert%C3%ADan.-Isaac-Asimov.pdf
- Asimov, I. (1956). La última pregunta. https://lacordaire.edu.co/wp-content/uploads/2020/03/La-%C3%BAltma-pregunta-Asimov.pdf
- University of West London. (s. f.). Generative AI and your studies. https://www.uwl.ac.uk/current-students/support-students/using-generative-ai-find-sources-information
Esta columna se prepara y edita semana con semana, en conjunto con investigadores morelenses convencidos del valor del conocimiento científico para el desarrollo social y económico de Morelos.