El color bajo la camiseta: el caso Julián Quiñones
María J. Palma Martínez, Yuridia Posadas y Juan Esteban Rodríguez Rodríguez
La Mtra. Palma Martínez es Licenciada en Ciencias Genómicas por la UNAM y Maestra en Biología Integrativa del Cinvestav UGA-Langebio. Es estudiante de doctorado en el Centro de Ciencias Genómicas de la UNAM.
La Dra. Posadas es Licenciada en Biofísica, con Maestría y Doctorado en Ciencias Interdisciplinarias por la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Actualmente es Posdoctorante en el Centro de Ciencias Genómicas de la UNAM. Es encargada del departamento de Vinculación de la Red Latinoamericana de Proyectos de Divulgación y Miembro de la Red Mexicana de Periodistas de Ciencia.
El Mtro. Rodríguez Rodríguez es Licenciado en Ciencias Genómicas por la UNAM, Maestro en Biología Integrativa del Cinvestav UGA-Langebio y Maestro en Biología por la Universidad de Stanford.
Esta publicación fue revisada por el comité editorial de la Academia de Ciencias de Morelos.
El debate de la identidad nacional frente a la ciencia
¿Qué hace mexicano a un mexicano? Si la respuesta fuera la genética, costaría mucho obtener un único “genoma mexicano” debido a la continua mezcla que ha ocurrido, por ejemplo, en los últimos cuatrocientos años en este territorio. Si fuera el lugar de nacimiento, eso ya lo zanjó Chavela Vargas: "Los mexicanos nacemos donde se nos da la rechingada gana". Sin embargo, el caso de Julián Quiñones demuestra que, para muchas personas, el color de la piel sigue pesando más que la nacionalidad. A pesar de contar con ciudadanía mexicana y haber sido naturalizado desde el 2023, así como de haber destacado en el fútbol mexicano (Figura 1) y ser uno de los principales goleadores de la selección mexicana (con cuatro de los diez goles anotados en el Mundial), Quiñones y su familia han sido víctimas de actitudes racistas y hostigamiento vinculados a su origen afrocolombiano. La genética ofrece una respuesta contundente a esta contradicción: las categorías raciales que solemos usar dicen mucho menos sobre nuestra biología de lo que imaginamos.

Figura 1. Julián Quiñones, exitoso jugador mexicano de fútbol. Fuente: Reuters.
En el fútbol, una selección nacional reúne al talento deportivo que representará a un país. La selección natural, en cambio, nunca ha jugado con fronteras, pasaportes ni banderas. Durante decenas de miles de años, nuestros ancestros migraron, se mezclaron y adaptaron a climas, dietas, enfermedades y ambientes distintos. Los que sobrevivieron a ese gran viaje dejaron huellas en el ADN que hoy compartimos todos los mexicanos, aunque en proporciones diferentes. Aunque las diferencias son muy pequeñas, debemos puntualizar, porque la diferencia genética entre dos individuos humanos, cualesquiera que sean, es de menos del 0.5%. Por eso resulta paradójico buscar una identidad genética mexicana en un equipo de fútbol, como veremos más adelante: no existe un conjunto de genes que convierta a alguien en mexicano. No podemos usar nuestro ADN como pasaporte.
Y es que hay que recordar que los pasaportes y las fronteras son entidades políticas y el ADN es una entidad biológica. No podemos comparar a ambas. Por ejemplo, la región con mayor diversidad genética humana del planeta es África, lo cual tiene sentido, biológicamente hablando, porque es la cuna de nuestra especie. Allí pueden haber dos personas nacidas en comunidades vecinas que sean genéticamente más distintas entre sí que cualquiera de ellas respecto a un japonés o a un mexicano. La genética moderna cuenta una historia opuesta a la del racismo: cuanto más buscamos fronteras biológicas entre las personas, más encontramos un pasado en común y una diversidad que desafía nuestros prejuicios.
Tarjeta roja al racismo en México
¿Quién puede usar la camiseta de México? Mucho antes de Quiñones, futbolistas mexicanos nacidos en el extranjero (Figura 2) como Antonio Naelson "Sinha", originario de Brasil y mundialista en Alemania 2006; Gabriel Caballero, quien disputó Corea-Japón 2002; y Guillermo Franco, presente en los Mundiales de 2006 y 2010, vistieron la camiseta verde tras adquirir la nacionalidad mexicana. Todos ellos enfrentaron, en mayor o menor medida, cuestionamientos sobre si merecían representar al país. El brasileño, mediocampista del Toluca, Helio Nunes "Helinho", por su parte, denunció haber recibido insultos racistas y amenazas después de un partido entre Toluca y América (18 de abril de 2026). Sin embargo, las críticas no recaen con la misma intensidad sobre todos los jugadores nacidos fuera de México. Mientras figuras como Santiago Giménez, nacido en Argentina, pero mexicano por filiación y criado en México desde la infancia, rara vez ven puesta en duda su identidad nacional, los futbolistas afrodescendientes suelen enfrentar un escrutinio mucho más severo.

Figura 2. Futbolistas mexicanos nacidos en el extranjero. Fuentes: todas las figuras provienen de https://www.fandom.com/, salvo la de Helio Nunes (https://www.transfermarkt.mx/).
Basta con caminar por cualquier calle de México o echar un vistazo a las tribunas de un partido de fútbol para notar la extraordinaria variedad de nuestros rasgos. El color del pelo, de los ojos y, sobre todo, la infinita gama de tonos de piel. Sin embargo, en México el color de la piel juega su propio partido, y las reglas están amañadas. Datos duros del INEGI y del Colegio de México lo demuestran sin matices: la movilidad social en nuestro país está profundamente pigmentada.
Nacer con tez clara en México es jugar con el marcador a favor desde el primer minuto. Para darnos una idea, según encuestas del INEGI y del Colegio de México (2015-2017), el tono de piel afecta las trayectorias de vida: las personas de tonos más claros alcanzan, en promedio, 10.9 años de escolaridad, frente a los 8.5 años de las personas con tonos de piel más oscuros. Además, la desigualdad se perpetúa en los ingresos: el 17.6% de la población de piel más clara logra posicionarse en el sector de mayores ingresos del país, comparado con apenas el 6.3% de la población de piel más oscura. Incluso habiendo nacido en la riqueza, la probabilidad de conservarla y no descender socialmente es mayor para las personas con tonos de piel claros que para las personas con tonos oscuros. Para las personas de pieles oscuras, la estructura social es una cancha inclinada y con el viento en contra. Es la cruda realidad que explica por qué el debate sobre Julián Quiñones se desvió tan rápido hacia el racismo: en el imaginario colectivo, equivocadamente, la apariencia sigue pesando más que una exitosa trayectoria deportiva.
Pero en realidad, ¿qué define el tono de la piel?
Para entender la diversidad mexicana, primero debemos derribar un mito global en la cuna de la humanidad. Solemos pensar que en África todas las personas tienen la piel oscura. Sin embargo, África es el continente con el mayor rango de pigmentación del planeta. La ciencia nos muestra que la pigmentación de la piel no depende de un botón en particular; es decir, no existe un gen del color que defina nuestro tono. De hecho, depende de múltiples y sutiles piezas de ADN que actúan en equipo, sintonizadas por los niveles de radiación ultravioleta (UV) según qué tan lejos del ecuador vivieron nuestros ancestros. Mientras que en el extremo norte del planeta, donde esta radiación es débil, la evolución redujo el número de opciones genéticas para asegurar la absorción de vitamina D, al acercarnos al ecuador, la estrategia cambia: la genética de la piel se vuelve un mapa mucho más complejo y poblado de combinaciones.
El color de la piel y las nociones de raza quedaron encadenados en el siglo XVIII por el naturalista Carlos Linneo. En su afán por clasificar el mundo, Linneo metió a los seres humanos en cajones rígidos basados en el color de la piel y la geografía, asociándoles de paso virtudes o defectos morales. Linneo miró la superficie porque no tenía la tecnología para mirar el código. Hoy en día, la genómica moderna le ha sacado la tarjeta roja a sus ideas. La ciencia no apoya un sustento biológico de la raza. El color de la piel es solo un mapa de adaptación a la luz del sol, un gradiente continuo donde es imposible trazar una línea divisoria.
Si la biología misma se niega a encasillarnos en un solo tono, ¿por qué insistimos en buscar asignar una nacionalidad por el tono de piel? La respuesta no está en la superficie de la piel, sino en la historia que llevamos escrita bajo ella.
La “genética del mexicano” entra a la cancha
Imagina que tomamos una muestra de saliva a 100 mexicanos elegidos al azar en la calle para analizar su ADN. ¿Qué encontraríamos? ¿El ADN luciría parecido al de una persona española, al de los pueblos originarios de esta región que llamamos México o se vería como algo intermedio? Los estudios genéticos nos dicen que la realidad es mucho más compleja. Proyectos como el Biobanco Mexicano (Figura 3) analizaron hasta 6,000 personas mexicanas abarcando todas las 32 entidades federativas, un esfuerzo sin precedentes en Latinoamérica por la cantidad de muestras y marcadores genéticos. Se encontró que cada persona tiene una historia muy particular, hay algunos mexicanos que tienen ADN de regiones de todo el mundo, es decir, una sola persona presenta ancestros originarios de América, Europa, África, Medio Oriente e incluso de Asia Oriental. Además, en la misma ciudad, puede haber otra persona cuyo genoma tenga un origen totalmente europeo y otra puede no haber heredado ni un solo fragmento de Europa o África, resultando en un 100% del ADN de origen precolombino. Pero ojo, cuando hablamos de ascendencia europea o africana, realmente estamos simplificando decenas de miles de años de mezclas debido a las migraciones, guerras e historia política, religiosa y económica que influyen en la forma en la que se heredan los genes. Es decir, que entre las mismas ascendencias que identificamos también hay mezclas internas.

Figura 3. El Biobanco Mexicano. Fuente: Gaceta UNAM, Noviembre 9, 2023.
El ADN puede dar más información y ser más específico en el origen de los ancestros. Se puede analizar el componente europeo de una persona y diferenciarlo en regiones como España, Italia o Irlanda; igualmente, se puede distinguir un perfil genético en la ancestría indígena, identificando ancestros mayas de la península de Yucatán o ancestros rarámuri de Chihuahua. Aunado a la diversidad previamente mencionada, se ha observado que la ancestría indígena es diferente dependiendo del estado de donde sea un mexicano.
Hay otra pieza fundamental en la historia reciente de México que es muchas veces ignorada: la tercera raíz, la herencia africana. La procedencia de esta ancestría se remonta al tráfico transatlántico de personas en situación de esclavitud iniciado en el siglo XVI tras la conquista de los españoles. Sin embargo, esta población afrodescendiente fue parte clave en los orígenes de la nación. Durante el siglo XVIII, este sector se conformaba por una población dos veces mayor que la de los eurodescendientes, como los peninsulares y criollos; había 9,814 eurodescendientes en comparación con 20,131 afrodescendientes en el año 1742. El segundo presidente de México, Vicente Guerrero, era afromexicano y abolió la esclavitud en México, décadas antes que los Estados Unidos de América. Esta presencia significativa durante la colonia persiste hasta hoy en día.
Todos los mexicanos tenemos un porcentaje pequeño pero generalizado proveniente de pueblos africanos, de entre dos y seis por ciento. Si tus padres y abuelos son mexicanos, es muy probable que en tu ADN exista esta herencia africana. Por otro lado, hay importantes comunidades afromexicanas en regiones como Veracruz, Oaxaca y Guerrero. Siendo contabilizados por el censo hace apenas 11 años, ellos se autodenominan como negros, morenos, afrodescendientes y afromexicanos. Hoy en día, luchan por preservar su cultura y empoderar su historia e identidades a pesar del racismo latente que sufren en México. Durante el mundial salieron creadores de contenido afromexicanos a preguntar de dónde creían que era el entrevistador, a lo que algunas personas respondieron que eran de países del Caribe, Sudamérica y de África. Los afrodescendientes han estado aquí incluso antes de que México se consolidara como entidad política y a veces, aunque se haya perdido la memoria con el paso de las generaciones en las historias familiares de la mayoría de nosotros, es una historia compartida que debería ser parte de nuestra identidad colectiva.
El silbatazo final
El fútbol es un juego que despierta las emociones más profundas de los mexicanos. Es el deporte de los abrazos y lágrimas después de un gol, de la esperanza que nos mantiene al filo del sillón frente a la pantalla, del ¿Y si sí? Pero esa misma pasión también puede convertirse en un escenario donde afloran prejuicios que poco tienen que ver con el deporte. El caso de Julián Quiñones lo demuestra con claridad: pese a su talento, su compromiso y a ser uno de los máximos goleadores de la Selección Mexicana, para algunas personas el color de su piel sigue pesando más que su entrega en la cancha. En México, el color de la piel sigue funcionando, para muchas personas, como un atajo para atribuir origen, nivel socioeconómico o educación. Estos estereotipos perpetúan prejuicios que condicionan el trato cotidiano y las oportunidades disponibles para millones de personas.
Hoy sabemos que todos los seres humanos compartimos un origen común en África y que las llamadas razas humanas no tienen sustento biológico. Las diferencias visibles, como el color de la piel, son el resultado de adaptaciones evolutivas a distintos ambientes: en regiones con mayor radiación solar, la piel más oscura protege mejor al organismo; en latitudes con menor exposición al Sol, la piel más clara facilita la producción de vitamina D. Nada de ello determina la inteligencia, el talento, el carácter o el valor de una persona. Tampoco existe un ADN mexicano, colombiano, japonés o francés. Cada uno de nosotros es el producto de miles de generaciones de migraciones, encuentros y mezclas ocurridas durante más de cien mil años de historia humana. Si la ciencia nos enseña algo, es que somos mucho más parecidos por dentro que por fuera.
Quizá por eso la pregunta nunca debió ser si Julián Quiñones parece mexicano, sino qué significa realmente serlo. La respuesta no está escrita en los genes ni en la piel, sino en la historia que decidimos construir juntos. Ser mexicano no es sólo compartir un ADN, también es compartir una camiseta, vivir las culturas mexicanas, ser parte de una memoria colectiva y tener la voluntad de caminar hacia el mismo lado.
Para saber más
Ávila Casanueva, A. B. (2023). Biobanco Mexicano: diversidad genética, ambiental, histórica y de salud en nuestro territorio. Gaceta UNAM, Nov 9, 2023. https://www.gaceta.unam.mx/biobanco-mexicano-diversidad-genetica-ambiental-historica-y-de-salud-en-nuestro-territorio/
García-García, L. y Moreno-Estrada, A. (2026). La genética clínica en México no cabe en una sola etiqueta. Instituto Nacional de Salud Pública. https://insp.mx/avisos/la-genetica-clinica-en-mexico-no-cabe-en-una-sola-etiqueta
Iturralde Nieto, G. y Velázquez M. E. (2016). Afrodescendientes en México: una historia de silencio y discriminación. 2da edición. CONAPRED, México, 2016. https://sindis.conapred.gob.mx/investigaciones/afrodescendientes-en-mexico-un-historia-de-silencio-y-discriminacio-2da-edicion/
El Colegio de México (s. f.). Discriminación étnico-racial en México. Color de piel. https://colordepiel.colmex.mx/vida/
Romero Camarena, D. (2024). Mil tonos espléndidos. Las variaciones en el tono de piel en la especie humana. La Unión de Morelos, 19 de febrero de 2024. https://acmor.org/publicaciones/mil-tonos-espl-ndidos-las-variaciones-en-el-tono-de-piel-en-la-especie-humana
Esta columna se prepara y edita semana con semana, en conjunto con investigadores morelenses convencidos del valor del conocimiento científico para el desarrollo social y económico de Morelos.